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EL
SALVADOR - VUELTA A LO COTIDIANO
Opinion de José M. Tojeira
Las
semanas últimas han sido intensas. Los días
dedicados a Mons. Romero, de tanto significado y de tan
múltiples expresiones, y posteriormente la Semana
Santa, nos han dejado sin duda deseos de mejorar en muy
diversos aspectos. Ahora volvemos a la normalidad densa
y lenta de esta tierra nuestra con sus buses que se salen
del carril, con los homicidios y la impunidad, con las
soluciones a medias de los problemas y con la bendita
política llena de contradicciones y debilidades.
Algunos
datos nos dejaron mejor sabor de boca. Otros no tanto.
Bajó el número de homicidios y de mortalidad
accidental en Semana Santa, pero los periódicos
prefirieron resaltar que subió el número
de accidentes. Con respecto al crimen, ojalá la
reducción en muertes de estos días se convierta
en tendencia. Acelerar la presencia de la Policía
en la calle, mejorar la capacidad de investigación
de la misma, además de las políticas preventivas,
es indispensable para enfrentar el hasta ahora mayor éxito
de la delincuencia: la impunidad. Insistir en sacar al
Ejército a la calle lo único que hará
es provocar un repunte de la violencia en el mediano plazo.
Pero
el presente vuelve a la ramplonería, no sólo
defendiendo la presencia del ejército en las calles,
sino sobre todo cuando los temas requieren pensamiento
serio. Sobre el Estatuto de Roma y la aceptación
del Tribunal Penal Internacional vuelven nuestros juristas
a decir tonterías.
La
mala conciencia por los crímenes del pasado es
muy fuerte en El Salvador, y el miedo de los mediocres
hace coro a los temores. Da risa ver cómo exhiben
su ignorancia incluso magistrados de la Corte Suprema
al invocar la Constitución para impedir el avance
de un pensamiento jurídico cada vez más
aceptado internacionalmente.
O
cuando mencionan como excusa que sólo 120 países
han aceptado el estatuto. O cuando repiten que Estados
Unidos y China no lo han aceptado, ignorando que estos
países están considerados hoy por hoy como
importantes violadores de Derechos Humanos por organizaciones
tan serias como Amnistía Internacional.
La
pobre jueza que quiso investigar por qué se publicaba
la foto de un delincuente juvenil se ha convertido ahora
en la mayor enemiga de la libertad de prensa en el país.
Triste historia, que teniendo una libertad de información
tan reducida, y con frecuencia tan manipulada en el país,
veamos enemigos en donde no los hay. Y olvidemos que El
Salvador necesita dejar atrás políticas
informativas exageradamente ligadas a los intereses de
muy pocos. El problema del acceso a la información
libre está más en los dueños de algunos
medios, y en la cerrazón tradicional del propio
Estado, que en la pobre jueza de menores a la que tanto
se fustiga.
La
vuelta a lo cotidiano en El Salvador está marcada
por un retorno a la mediocridad. Todo lo contrario de
lo que veíamos en Romero o de lo que se conmemora
en la Semana Santa. Y con esta especie de mediocridad
intelectual, y en algunos sentidos espiritual, difícilmente
saldremos de los problemas del subdesarrollo.
Tenemos
un pueblo mayoritariamente bueno y unas élites
mayoritariamente mediocres. Fruto de una historia en la
que la fuerza bruta, unida a la fuerza del dinero, de
las trampas ideológicas, de los favoritismos, posibilitó
el dominio de unas élites sin conciencia social
y, en muchos aspectos, sin principios solidarios.
Mediocres,
en definitiva, y con la capacidad de transmitir la mediocridad
a mentes y corazones de muchos, bajo el disfraz de lo
que ellos consideran políticamente correcto. Hoy,
los intentos de salir de esa historia de abuso por parte
de unos pocos, y de marginación de las mayorías,
camina aún sin horizontes que entusiasmen demasiado.
La
crisis internacional ha sido como un balde de agua fría
sobre las esperanzas que los cambios políticos
han generado. Pero también la indefinición
de los rumbos hacia el cambio, las resistencias de quienes
tienen mucho y la lentitud de los procesos van dejando
un poso de decepción no muy conveniente para el
desarrollo. Los pueblos necesitan esperanza, y en política
la esperanza sólo se mantiene si la vida de los
pobres mejora.
Volver
a lo cotidiano implica siempre un desafío, especialmente
después de unas vacaciones, o tras unas fiestas
y actividades que nos recuerdan lo mejor del espíritu
humano. Desafío de aprovechar las nuevas energías
tras el descanso, y reto de concretar el entusiasmo que
tanto Romero como el Señor Jesús resucitado
despiertan en nuestros corazones. Enfrentar la realidad
con radicalidad humanista y cristiana es imprescindible
para cambiar el país que tenemos. Como es también
indispensable una buena dosis de generosidad frente a
los retos del desarrollo y del necesario cambio social.
Personas
generosas como Romero nos marcan el camino. Y el recuerdo
de la radicalidad del Evangelio, y de la muerte y resurrección
del Señor nos abren a la esperanza. Volver a la
realidad críticos, generosos y espe-ranzados es
el único modo de evitar la decepción que
la mediocridad ambiental puede producir.
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