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LA PAZ: EL PROCESO INCONCLUSO
Se han cumplido 14 años de la firma del Acuerdo de Paz, y sigue
estando pendiente el análisis a fondo de lo que significó aquel
acontecimiento sin precedentes en nuestra historia, en función de
comprender con suficiencia los efectos del mismo hasta la fecha
y de cara al futuro. Lo primero que habría que destacar es que en
nuestro país nunca hubo tradición de entendimiento nacional. Eso
hizo que, a lo largo del tiempo, nuestro proceso histórico fuera
accidentado, fluctuante e inseguro; de lo cual se fue generando
una especie de sensación fatalista referida a la supuesta imposibilidad
de previsión del presente y planificación del futuro, dejándole
el camino libre a un autoritarismo estructural presuntamente necesario
para controlar las contingencias de la realidad. Desde siempre,
pues, nos negamos al ordenamiento razonable de la vida nacional,
con lo cual quedaron libres para hacer su agosto -como se diría
en lenguaje popular-las fuerzas del poder y luego las del contrapoder.
Llegamos a la guerra interna luego de una prolongada acumulación
histórica negativa. El país se fue dividiendo cada vez más, por
la inexistencia de un proyecto democrático nacional y el consecuente
ahondamiento de la cultura antidemocrática. La guerra fue el último
acto de un drama que parecía no tener fin. Un último acto que inexorablemente
debía concluir con un desenlace. Durante los años del conflicto
armado, se vivió la permanente expectativa sobre cuál sería la solución
militar del mismo: la de la Fuerza Armada o la del movimiento insurgente.
Y, aunque se hablaba intermitentemente de paz, la solución política
era la que para la mayoría de la gente resultaba menos factible,
por la experiencia histórica vivida. En el país, la violencia siempre
acabó por imponerse. ¿Qué podía garantizar que esta vez no fuera
a ser así? Pero en realidad la guerra llevaba dentro de sí el germen
de su autoeliminación, por ser el último impulso de la división
nacional. En cuanto a ruptura interna, no hay nada más allá de la
guerra, aquí y en todas partes. Cuando la guerra avanzó sin poder
desenlazarse por las armas, la salida política se fue dibujando
en la boca del túnel. Y eso fue lo que sucedió al final de cuentas.
La guerra llegó a ser necesaria, porque entre todos la hicimos necesaria.
Y la paz también llegó a ser necesaria, porque las soluciones militares
posibles no contaron en ningún momento con el apoyo social suficiente
para cuajar como tales. Ninguno de los dos bandos en pugna armada
logró inclinar la balanza popular a su favor. Pero también hay que
decir que la voluntad general -inorgánica pero determinante-impidió
que cualquiera de esos dos bandos se debilitara hasta el punto de
pasar a ser irrelevante. La solución política requería que ambas
"partes" tuvieran la fortaleza indispensable para que se produjera
el Acuerdo de Paz sustantivo, realista, calendarizado y verificable
que tuvimos. Llegamos al Acuerdo de Paz el 16 de enero de 1992.
Terminó la guerra con un acto de racionalidad realmente inesperado.
Y comenzó el camino del cumplimiento y la sostenibilidad. La guerra
había logrado sostenerse con bastante energía hasta llegar al acuerdo
político de solución. ¿Podría dicho acuerdo político ganar su propia
sostenibilidad en el tiempo? Ésa era la pregunta del millón en aquellos
días cargados de expectación, tanto interna como internacional.
14 años después, podemos ver lo sucedido en perspectiva, hacia atrás
y hacia adelante. El Acuerdo se cumplió por cuatro razones fundamentales:
porque no pretendió ser más que una remodelación básica del sistema
político; porque era suficientemente satisfactorio para que cada
uno de los dos bandos pudiera convencer a sus respectivas clientelas
de las bondades potenciales del mismo; porque había un calendario
preciso de compromisos por cumplir que evitaba las vaguedades por
donde salirse de lo acordado; y porque se tenía un ente verificador
del más alto nivel -Naciones Unidas- que garantizaba el equilibrio
en el cumplimiento como había garantizado el equilibrio en el Acuerdo
como tal. En aquellos días y después se ha dicho con frecuencia
que el Acuerdo de Paz se quedó corto, porque sólo de una manera
muy tangencial se refirió a las palpitantes cuestiones sociales
y económicas del país. En realidad, un Acuerdo como el nuestro tenía
que adaptarse a sus propias posibilidades: ser el factor eficaz
de desmontaje del autoritarismo militar, haciendo a la vez factible
el reconocimiento legal pleno de la izquierda, en el entendido verificable
de que ésta renunciaría a toda forma de subversión armada. Así ocurrió.
Y de ahí deriva el éxito histórico y práctico del aquel Acuerdo.
Por su propia naturaleza, el Acuerdo de Paz es un esfuerzo inconcluso
y abierto. El fruto principal del Acuerdo es la expansión consolidadora
de la democracia. Y ahí está el enlace de consecuencias positivas
entre el Acuerdo y la dinámica posterior en marcha. Las problemáticas
sociales y económicas, de tanta significación para el destino de
la sociedad y de sus integrantes, no se podían resolver en el Acuerdo,
pero tampoco eran tratables efectivamente sin el mismo, ya que a
partir de él la democracia sería capaz de permitir e impulsar entendimientos
nacionales sucesivos. Si eso no ha sucedido en la medida esperable,
no es por falla del Acuerdo, sino por irresponsabilidad e insuficiencia
en el manejo de las energías democratizadoras. El país está en deuda
consigo mismo, porque si logró entenderse en lo político básico,
en condiciones tan adversas, no hay ninguna razón para que no pueda
entenderse en lo social y en lo económico, en condiciones incomparablemente
más favorables. Es la tarea que más sufre por la artificial confrontación
que mantienen, cada vez con menos excusa valedera, las dos principales
fuerzas políticas: el FMLN y ARENA. (El Faro/Galindo)
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