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EL
SALVADOR - LA FE DE MONS. ROMERO
Monseñor Romero: la fe inquebrantable
El
poder del Estado en nuestro país ha supuesto una alianza
con la Iglesia Católica porque, desde la invasión
europea al continente, la espada que cortaba cabezas y el porvenir
de los pueblos fue auxiliada por la cruz que apaciguaba las almas
y construía la mansedumbre para el sometimiento.
Esta
relación, con el paso de los siglos, sufre transformaciones
y hasta negaciones, pero siempre que esto ocurre, el poder del Estado,
oligárquico y de minorías, se defiende, eliminando
el peligro. Esta defensa llega a incluir hasta la eliminación
física de la amenaza y la imposición de silencios
cómplices.
Monseñor
Romero encarna, tanto una posición de la institución
religiosa católica, como una expresión de esa conducta
estatal silenciadora y asesina. Por supuesto que Romero es más,
mucho más que eso, y su muerte martirial produce una especie
de recreación de la vida del pueblo, de la esperanza y de
la fe, y es éste un ejemplo de una vida suprema venciendo
a la muerte y de una fe implacable en un Dios de justicia, de compromiso
con los débiles y confrontado con los poderosos y explotadores.
Con
Monseñor Romero, dijo Ellacuría, Dios pasó
por El Salvador, y me parece que esta expresión de mucha
creatividad intelectual es, sobre todo, la mejor alusión
a la fe insobornable, invencible e indestructible que Monseñor
Romero construyó para determinar su posición frente
a la realidad de su pueblo y desde esa realidad iluminada por su
fe. Monseñor encarna, por eso, al Pastor, al Guía,
que orienta a su rebaño, y no lo abandona aunque esto le
cueste la vida, tal como ocurrió.
Esto
es correspondiente a un hombre que desde su fe iluminó el
mundo, su mundo, y encontró a un pueblo, su pueblo, necesitado
de justicia, de verdad, de fuerza, de poder, de conciencia, de organización
y de resistencia, de pan y de esperanza. Monseñor, desde
luego, se entregó a este pueblo diciendo magníficamente
que "con este pueblo es fácil ser buen pastor".
Aquí
encontramos la raíz de la confrontación, porque Monseñor
supo muy bien que su entrega a su pueblo pobre lo enfrentaba con
las fuerzas que, como sanguijuelas sangrientas, chupaban y chupan
la sangre y la vida de los desprotegidos, y he aquí que el
hombre de fe y clerical acepta el reto y lo convierte en desafío
y no rehuye en ningún instante la guerra desatada en su contra.
Incluso, a sabiendas que su asesinato era inminente, tal como Jesús
en el huerto de Getsemaní, Monseñor se enfrentó,
sometió y entregó su vida preciosa, sin ceder nada
de su voz, su posición y su mensaje justiciero.
Hay
que saber que este hombre de fe se basó en la doctrina social
de la Iglesia Católica, que es la posición oficial
de esta iglesia, y esto nos dice, una vez más, que el papel
del ser humano resulta fundamental a la hora de hacer cumplir los
textos, y su ejemplo, de cara a la Iglesia Católica, resulta
estremecedor para la institución porque demuestra que pese
al boato, las luces y escándalo de poder de El Vaticano romano,
esos corredores pueden ser invadidos, algunas veces por el escándalo
de la fe, y en este caso, la fe de un hombre sencillo e inesperado,
sin pose alguna y sin poder ni lujo alguno, más bien un simple
siervo de su Dios, pobre, modesto, pero valiente y honrado, e iluminado
y alentado por una fe que pareció y parece ser extraña
y, hasta perturbadora, ante los mismos administradores del Estado
Vaticano.
Monseñor
Romero, como hombre de su tiempo, está situado ante la historia
de su pueblo, que es su principal aliento, situado ante la Iglesia
Católica, que es su pertenencia institucional, situado ante
El Vaticano como una jefatura no vivencial, lejana y europea.
El
hombre asesinado hace 28 años vive y pervive cada minuto
y cada segundo, resucitado en el corazón y en la fe de su
pueblo pobre, que es su principal torrente de vida.
Estoy
diciendo que el puente más poderoso y más vital es
el del Pastor que se encuentra a cada instante con sus ovejas y
estas ovejas, que no son físicamente las mismas que presenciaron
y oyeron la muerte del Pastor, necesitan de esa voz y de esa interpretación
de la realidad para hacer lo que él decía y sigue
diciendo, porque el pueblo pobre, hoy como ayer, necesita conciencia
liberadora, poder organizado, hacer política propia, casarse
con la verdad y la justicia, y en una palabra, ser como Monseñor
Romero, que es ser cristiano comprometido hasta la muerte con el
mensaje de liberación. Ser como Monseñor Romero es
ser como Jesucristo.
El
pueblo pobre salvadoreño tiene su propio santo, que no es
el de todos los salvadoreños, porque Monseñor sigue
siendo odiado y temido por la oligarquía que lo asesinó,
y para éstos sigue siendo el enemigo a eliminar; pero sigue
siendo amado por su pueblo para quienes es fuente de fe y milagro
de la conciencia y de la liberación.
Su
santidad popular no se corresponde con la santificación vaticana
porque ni el amor es el mismo, ni la luz que ilumina la realidad
desde Roma podrá sentir el eco de la voz del Pastor, que
no siempre encontró en esas puertas el aliento, apoyo y comprensión
que su pueblo sí le entregó a raudales. (COLATINO
Dagoberto Gutiérrez)
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