Opinion - 15 de julio de 2008




EL SALVADOR - PAIS DE DESGRACIAS

Siempre que ocurre una tragedia, como acción primaria: primitiva para algunos, sublime para otros, elevamos los ojos al infinito, buscando un consuelo o una explicación.

Después, miramos a nuestro derredor, ansiosos por un abrazo o por encontrar un culpable donde descargar nuestro dolor. Es hasta después que hurgamos dentro de nosotros mismos. En muchos casos, la sentencia "no preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por ti", es muy cierta. No hay tragedia pequeña para el afectado y por lo general nadie se salva de culpa.

El Salvador, lo querramos admitir o no, es un país de tragedias. Cualquiera desde que tenga memoria, me probará en lo correcto. Algunas causadas por el mismo hombre, otras por la naturaleza.

Algunas nos vienen solas, y otras en combo. Tras una, la otra. Es triste, pero, por lo general, los afectados en cualquier tipo de tragedia, siempre son los indefensos, los débiles, los pobres. Me niego a pensar que Dios tenga algo que ver en esto. Y la comunidad, los medios de comunicación, el gobierno en sí, deberían hacer lo imposible para prevenir las tragedias o para que, sin necesidad, se repitan.

Y, por nuestra cuenta individual, deberíamos usar nuestro juicio para huir de ellas. Un amigo me decía que se abusa de la palabra "Accidente" o "Tragedia". "Accidentes o Tragedias son muy pocos", me dice. "Muchas veces es la negligencia de los gobiernos y el mal juicio de cada uno de nosotros lo que nos lleva a ser la víctima de ellas". Hay otro punto, diría yo. Y es que generalmente la tragedia la asumimos como ocurrencia de otros y no sobre nuestro mismo ser. "No me puede ocurrir nada", decimos en sobre abundancia y nos lanzamos al vacío. Pero sí nos ocurre, y la tragedia nos llega sin avisar.

La comunidad y el gobierno no necesitan ser adivinos para intuir o conocer de primera mano la probabilidad de riesgo o causalidad. Hay, de hecho, elementos controlables que asumidos con responsabilidad, podrían prevenir un desastre. Sistemas de construcción, reforestación de áreas, adecuados sistemas de drenajes, límites de seguridad, avisos de alerta, etc. Por supuesto, no toda tragedia es evitable, así como no podemos prorrogar nuestra propia muerte para siempre, pero al menos con un buen juicio y acción, estas disminuirán.

Aunque no se puede reparar el pasado encontrando el culpable, muchas veces, el análisis y estudio de lo ocurrido, puede fácilmente señalarnos en qué puntos se falló y, a partir de ello, remendar el error. Hay que recordar con seriedad que en cada tragedia hay vidas que se pierden y madres y padres que lloran, hijos que quedan a la deriva: un futuro más gris. (COLATINO/Menéndez)



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